Blurred words

​Blurred words

Blown away

Could have written an indigo poem, but

Forgotten at dawn

Like a Polaroid

In tears, though

Was it my fear

Pictured in a wall?

Where are my headphones?

There is no tones, nor sighs

Where is my head?

There is nowhere

Me, there

All there is

That strange state

An unsent letter

A rough pass

To the gate of madness

A misty glass

Cloaked in uneasiness

I’m always imagining

A beloved soul

A whimsical song 

And drifting in

The ocean at dawn

That strange state

Of longing the unknown

A mystical path

To the gate of inner love

Waves

Hear this sound

Feel

Your feet on the ground

The air

The grass

The earth

Running slowly in your veins

The eyes

The hands

The heart

Burning slowly in this hearth

A spell no needed

An adventurous whisper

Silently bursting

Secretly meeting

In this place, like blending waves

Ella

Ella caminaba con prisa por la calle principal de la zona histórica. Se propuso llegar a la hora pero el retraso del vuelo duró dos horas y estaba segura que eso arruinaría la sorpresa. Apenas pudo dejar la mochila en el hotel y correr hacia la biblioteca pública.

«Quiero llegar rápido pero no quiero sudar». No sabía si estaba a punto de transpirar por el apuro o por los nervios; «no voy a saltar en paracaídas es sólo una presentación».

La biblioteca era una edificación antigua y con mucha historia y eso la hacía encantadora. O quizás lo era porque él estaba allí. «Los lugares que visitamos se califican según el recuerdo que les construimos». Recordó una vez que visitó un museo de arte con un fanfarrón que no hizo mas que criticar las obras en voz alta. Fue una absoluta pesadilla. Sintió las miradas de otros visitantes como agujas. Nunca mas salió con él, ni volvió a ese museo.

Ella se acercó a la puerta de cristal y se estremeció. Imaginó que aquello era un portal mágico y lo llevaba directamente a él. Y allí estaba: nervioso, inseguro, adorable… Tartamudeó un par de veces durante su discurso pero se lo tomó con buen humor. Ella sonreía orgullosa de él y su trayectoria como astrofísico. Su libro se proyectaba como un bestseller y referencia para futuros estudios y ella estaba allí para sorprenderlo en su momento de gloria.

Ella viajó en recuerdos mientas él hablaba. «Concéntrate en él. Óye que lindo se expresa… Ahora ya no sé que está diciendo» . Sólo escuchaba su voz y su mente dibujó aquella primera salida cuando se besaron torpemente, en una sala de cine. Ella le estaba quitando un chocolate de sus manos y le haló tan fuerte que sus rostros chocaron. Fue un hermoso accidente. Su noviazgo fue locura, ellos eran inseparables hasta que él se mudó a otra ciudad para estudiar en la universidad, la misma que organizó el evento de esa tarde. Ella estaba allí, dispuesta a seguir lo que comenzaron en esa sala de cine.

Ella despertó de su sueño cuando todos comenzaron a aplaudir. La oportunidad de acercarse y darle la sorpresa ocurrirìa en cuestion de segundos. Se acercó efusivamente, sonriente; ya no oía aplausos sino su propio corazón.

Se detuvo ella. Se detuvo el tiempo. Ante su mirada atónita vió desvanecer su sueño. Una chica se adelantó a besarlo; «una perfección de la que no soy parte». Ella dió unos pasos hacia atrás; el salió de su trance abriendo los ojos, aún besando y abrazando la chica nueva. La vió allí retrocediendo pero no podía hacer nada. No la esperaba pero le hizo feliz verla. Ella estaba ahí triste y a punto de huir, y él lo sabía. Se separó de la chica y como pudo sacó su teléfono móvil y le escribió un texto a su mejor amigo: –A las 3. ¿La ves? Tiene una blusa azul y una turquesa como dije. Invítala al bar. ¡Hazlo pero ya!”–.

Habían unas columnas tras ella y muchas personas ya en el recinto; «¿huyo o me escondo?». Sintió hormigueo en las manos, el cuerpo frío, la mente en dirección al portal de salida de ese infierno de vergüenza. La gente estorbaba, a duras penas se movían. Se encontró de pronto con una suerte de muralla, no se movía; sólo alcanzó a mirar brevemente al desconocido que no la dejaba salir de la biblioteca.

–Me gustaría invitarla al bar. Allí vamos a celebrar–. Cuando ella estaba a punto de negarse, el desconocido no la dejó: –No es opción decir que no. Él la espera–.

Aquello de ir al bar no la iba a aliviar, para nada. «Él va a estar con ella, abrazándola y besándola. No, no quiero ver eso». – Sé que te incomoda todo esto, pero él me pidió que te llevara–. Insistió el desconocido. –No debí venir, me equivoqué al hacer esto–. Dijo negando con la cabeza, sin mirar su rostro.

«No conforme con presenciar la escena romántica en esta biblioteca, debo ver la continuación en el bar. ¿Que viene luego? ¿El hotel?»

–Mas allá de lo que has visto, ustedes tienen una amistad. Se conocen bien desde hace tiempo. Por cierto, me llamo Javier. Marcos y yo somos muy buenos amigos–.

–Mucho gusto, Javier. Soy Mónica–. Respondió ella, muy secamente, sin mirarle a los ojos.

«¿Qué mas da? Necesito una cerveza. Hace calor. Necesito borrar el ridículo que me inventé al venir acá». Ella salió de la biblioteca acompañada de Javier, con la mente en blanco. No se atrevía a mirar a Javier, aun sentía vergüenza. Él le hablaba pero ella se perdía en pensamientos; sólo quería disolverlos en alcohol.

El bar era oscuro, con unas pocas lámparas amarillas. El grupo de amigos de Marcos se ubicó en una mesa un poco apartada del resto. Ella, Mónica, se acercó a buscar el lugar mas apartado posible, donde su campo visual no abarcara a “la pareja romántica del año”; «Ni por una cerveza debí venir, qué desastre de viaje».

El alcohol, de alguna manera, agudizó sus otros sentidos: podía oirlos entre susurros y besos. Aquello le hundía el pecho; solo deseaba cerrar los ojos y que al abrirlos de nuevo se encontraría amnésica en casa, viendo tv, comiendo chocolates. Fijaba la mirada en una pareja discutiendo; «No peleen, par de tontos. Aun se tienen…». Al fondo, en un rincón oscuro, se encontraba una señora sola: «Deberíamos emborracharnos juntas…». Ella jugaba con los diversos escenarios del bar e imaginaba cualquier conversación con cualquiera con tal de no escucharlos ni verlos.

El mesero llegó con la lista de pistas para la hora del karaoke; «La hora de la cursilería. Seguro cantarán juntos “Sin Miedo a Nada”. A él le gusta Amaia». Antes que alguien pudiera tomarla, ella se adelantó a tomar la gruesa carpeta. Apresurada, comenzó a buscar una canción, una de sus favoritas. «No. 819», anotó justamente ese número de pista.

Fue la primera en cantar, el alcohol le dió valentía suficiente como para no importarle nada. Solo quería cantar y volver derrotada al aeropuerto.

Al oír el número de la canción, Mónica se levantó y tropezó con una mesa. Sintió que alguien tomó su brazo para ayudarla pero no volteó a ver quien era. Solo siguió hasta la pequeña tarima. Se sintió segura al apoyarse levemente con el soporte del micrófono. La vista del público era borrosa, oscura en algunos sectores, le molestó de mas las luces amarillas. Esperó los primeros acordes; «termino de cantar, hago que voy al baño y huyo». Así lo tenía planeado.

At last/My love has come along…”, su voz mezzosoprano llamó la atención de todos los presentes, incluso la de Marcos. El reconocería aquella voz en cualquier parte del mundo. Su nueva chica lo miraba y lo notó perdido. Recordó tantas cosas y se preguntó por qué llegaron a esto, a las decisiones equivocadas, que podía haberla llamado cuando la extrañaba… “I found a dream/that I could speak to…”, recordó los planes que en un futuro realizarían… “And here we are/in heaven”, y allí estaban ambos, en un completo infierno, sin poder acercarse ni hablarse.

For you are mine/At last…” Terminaba la canción y ella no alcanzó a oír los aplausos. Su objetivo era la salida del bar. Estaba por cruzar el umbral hacia su paz interior. No tenía por qué presenciar todo aquello, pero así entendió que esa puerta él la había cerrado.

Su paso apresurado por el concreto acompañaba la música de otros locales de moda; el aire nocturno ya no era tolerable: también olía a alcohol. Al cruzar una esquina para tomar un taxi, sintió nuevamente que le tomaban del brazo. Esta vez tuvo que mirar quién era:

–Hola, Mónica–.

Esta vez miró su rostro, aunque ya había conocido su voz; «¿Javier?». Desconcertada, no pudo decir una palabra.

–Sé que te sientes muy mal, créeme que me siento peor. Lo que me pidió Marcos fue totalmente innecesario. No habría forma de que uds hablaran sin que su novia lo notara. Creo que se dió cuenta cuando cantaste, el estaba hipnotizado al verte allí. Por cierto, tienes una voz hermosa. La canción te queda muy bien. Quisiera seguir oyéndote. La verdad quisiera seguir viéndote. Sé que te vas al aeropuerto, pero no puedo dejarte ir. No lo hago por Marcos, sino por mí. Déjame darte una razón para que te quedes esta noche–.

Mónica finalmente miró sus ojos. Se hizo un silencio. Sólo dijo: –No me des razones para quedarme…¿Qué canción te gustaría oír?–.

At Last-Joan Osborne